Pero hace poco más de un mes decidí retomar esa sana costumbre, y es por lo que me he decidido a recuperar este blog, ya que me parece una buena opción para ir generando un registro de lo que voy haciendo y poder compartirlo con los amigos.
En realidad tenía pensada otras dos entradas antes que esta, pero la sobrecarga de endorfinas que segregué este lunes ha hecho que esta se cuele al primer lugar. Pero antes de describir lo que hice, me gustaría compartir la idea en la que he estado pensando todo este tiempo y que me ha hecho retomar el deporte.
Muchos invertimos varias horas extras en nuestra profesión, en forma de formación, lectura, talleres, etc. O en otras actividades de nuestra vida personal, sin ser conscientes, o sin querer serlo, de la importancia de la salud. Hay muchos puntos a considerar en cuanto a los beneficios de practicar deporte de forma regular, pero centrémonos en nuestro corazón por ejemplo. Cuando practico deporte de forma regular, noto que mi corazón late unas cinco veces menos por minuto (en reposo). Si la dedicación es considerable, como hace algunos años, puede incluso que vaya más lento, pero aunque la diferencia fuera de sólo una pulsación por minuto, mi corazón latiría 1.440 veces menos al día. El corazón también se desgasta, como todo, así que si con una mínima dedicación puedo conseguir que al año mi corazón lata 525.600 veces menos, tengo una buena excusa para dejar de buscar excusas y empezar a dedicar tiempo al deporte, ¿no?
Bien, pues ahora al grano. Con el objetivo de probar cómo me encontraba realmente, y poder tomar algunas referencias y así ir evaluando el progreso a medio plazo, decidí hacer algo relativamente intenso. Así que me hice las Siete Cañadas “corriendo”.

El objetivo era hacerme los 17 kilómetros en dos horas, y para ello pensaba alternar 10 minutos corriendo con 5 minutos caminando a paso ligero, aprovechando este momento para beber agua. La verdad es que a partir del décimo kilómetro, ya no podía cumplir con este ritmo, y la transición entre correr y caminar la marcaba un impulso de voluntad y no el tiempo. Iba cambiando por sensaciones.
Los puntos positivos fueron:
- No guiarme por las sensaciones al principio y respetar los 5 minutos en los que debía caminar, aunque notara que iba muy bien. Si no hubiera sido así gran parte del camino lo habría hecho caminando casi seguro.
- Seguir los consejos de una persona con la que estuve entrenando, y beber agua cada diez minutos, aunque no haya aparecido la sensación de sed. Hacía mucho calor, y los tirones por falta de sales habrían sido importantes. Una “subida de gemelos” en medio del camino habría sido una verdadera faena.
- La sensación que me quedó al terminar.
Los puntos negativos y a tener en cuenta para la próxima fueron:
- No usar protector solar. El sol estaba muy fuerte (empecé sobre las 12 de la mañana) y los brazos y el cuello sufrieron las consecuencias.
- Debería haber llevado como mínimo la misma cantidad de bebidas isotónicas que de agua.
- Aunque no lo recomiendan, para que la piel se curta, llevo muy poco entrenando y para esta ocasión tendría que haberme puesto un poco de vaselina por ciertas zonas de los pies, para evitar las ampollas.
La próxima vez que haga algo similar, espero que sea recorrer Las Lagunetas en menos. El problema es el desnivel, que al principio es constantemente bajando y al final subiendo (tanto una bajada prolongada como una subida, acaban resintiendo ciertas zonas), pero el camino es muy agradable. Y dentro de un par de meses, igual ya esté en condiciones de volver a hacer Las Siete Cañadas en menos de una hora y media ;)
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